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Evangelio Joven: «Testimonio de fe» (13-nov-2022)

En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo:
«Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».
Ellos le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Él dijo:
«Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
Entonces les decía:
«Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes.
Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

Lc 21, 5-19

Por una parte, comenzamos el mes de noviembre celebrando la festividad de Todos los Santos. Al día siguiente tuvimos la ocasión de unirnos a la oración de toda la Iglesia por los fieles difuntos. Y, por otra parte, 20 de noviembre celebraremos el último domingo del año litúrgico con la festividad de Cristo Rey del Universo, Señor del tiempo y del espacio. Los domingos que tenemos en medio recogen algunas palabras y enseñanzas de Jesús sobre el final de los tiempos, sobre la escatología.

Pero, cuidado. No pensemos que estas palabras de Jesús este domingo son sobre algo lejano y desconocido, que para qué vamos a escucharlo si no sabemos si nos tocará vivir el final de los tiempos. Tal vez sea todo lo contrario. Y si hablar del tiempo previo al final de los tiempos, fuese hablar de nuestro tiempo. En algún sentido ya podemos decir que enfocamos el final de los tiempos, pues creemos que este tiempo, por muchos días y años que tenga, es caduco, tiene un fin. Y tiene también un fin, en cuanto a su sentido, en Cristo se ha manifestado la verdad y cómo será cribado nuestro mundo y nuestra vida, cómo será el juicio de todo lo que existe. Sabemos que tiene un fin, es decir, que es limitado, que no puede dar de sí todo lo que el hombre puede anhelar y desear. Vivimos en esa tensión entre acoger y hacer presente el Reino de Dios y reconocer la imposibilidad de su plenitud en concreciones históricas y mundanas. El sueño de “construir” el Reino de Dios en nuestro mundo, con Dios o sin Dios (como las grandes ideologías del s. XX, que se empeñan en seguir vivas en este siglo), se ha mostrado infructuoso.

Si leemos el Evangelio de este domingo sobre el “final” de los tiempos y leemos un periódico de hoy quizá no veamos tanta diferencia: pueblos enfrentados, guerras, revoluciones, terremotos, hambres, enfermedades, cristianos perseguidos… Y si ese tiempo que describe en este Evangelio Jesús es el que vivimos nosotros. Un tiempo previo al final, que “no será en seguida”, como nos dice el Señor.

Deberíamos preguntarnos “y, ante esto, ¿qué nos dice Jesús?”.

Nos advierte de los falsos profetas, de los falsos salvadores, de los que se aprovechan del miedo de los demás. ¿No suena esto a polarización, extremismos, justificación de la violencia, populismos, liderazgos carismáticos y salvadores, soluciones fáciles y simplistas…?

“No tengáis pánico”. Jesús nos invita siempre a no tener miedo, cuyos efectos nos apartan de Dios y del hermano, nos encierran en nosotros mismos. ¿Por qué no tener miedo? No porque no haya motivo para sufrir, sino porque “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Es decir, porque finalmente nuestra vida está puesta en las manos de Dios más allá de la muerte. Tal vez algo que en nuestra fe se diluye y se queda como una esperanza difusa e inoperante. Quizá si sientes miedo, si tu esperanza está puesta solo en este mundo, debas pedirle al Señor que aumente tu fe y tu esperanza.

La fuerza del mal en nuestro mundo, mayor que nuestra propia fuerza, menor que la fuerza de Dios (ahí está nuestra esperanza), es motivo no para perder la fe, sino para dar testimonio de fe, esperanza y amor. Estamos llamados a hacer presente al Dios de la vida, como escuchábamos el domingo pasado, en medio de la muerte de nuestro mundo. Si la fe y el testimonio de la misma nunca te supone un conflicto con los valores de este mundo, si nunca te supone una renuncia o un sacrificio, si nunca te supone ser distinto a los demás, si nunca te pone al lado del que sufre, puede que sea una fe muy poco arraigada en tu corazón y en tu vida.

“Yo os daré palabras y sabiduría” para enfrentar estos tiempos, para saber vivirlos, para no perder la esperanza. Todo se juega en nuestra relación con el Señor. Si ante los tiempos que vivimos, te llenas de desesperanza, languidece tu fe, quizá esto te está advirtiendo de que tienes que pegarte más a Él y aprender más de Él.

Por último, Jesús nos invita a perseverar. ¡Qué difícil es esto en nuestro mundo acelerado y volátil! Los mejores frutos de la fe no vienen de momentos fugaces, por muy intensos que sean, sino de la semilla que va creciendo poco a poco, casi imperceptiblemente y porque está bien arraigada soporta las envestidas del viento, de la lluvia, del frío y del calor. ¡Qué el Señor nos aumente la fe y la esperanza!

Francisco Cruz Rivero ss.cc.