Evangelio joven. Sagrada familia

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SAGRADA FAMILIA

 

 

La fiesta de hoy nos invita a pensar en el modelo de la Sagrada Familia. Jesús no sale de la nada, no es un personaje que aparece de repente sin ninguna referencia. El Hijo de Dios se hace uno de tantos, es el misterio de la encarnación que hemos celebrado esta Navidad, Dios se hace hombre, con todas las consecuencias. Asume la condición humana para transformarla desde dentro, no es una especie de ficción. Jesús nace, crece, vive… es recibido, educado, querido en el ámbito de las personas que han aceptado el plan de Dios. Jesús y María son los protagonistas de esta fiesta porque son los que ayudan a Jesús a crecer y a entender la misión que Dios le ha encargado.

 

 

La experiencia de ser querido es una experiencia fundamental que va mucho más allá de lo ideológico. Que le vaya bien a la familia, a tu familia, es un deseo radical, fundamental, de toda persona. Nos gusta que los que queremos se quieran, se ayuden, se apoyen. Facilitar la vida familiar es la consecuencia de una buena experiencia en la vida. Lo podemos experimentar en los momentos gozosos pero también cuando nos va mal, en las crisis, en las incertidumbres. En la familia descansamos, somos nosotros, es nuestro refugio y nuestro auxilio.

 

 

Vivimos entre muchas rupturas y desencuentros. Todos conocemos familias partidas por el desamor o el abandono. Qué duro es eso, sentirse solo, abandonado, con un proyecto tan importante truncado. Todos somos responsables de lo que sucede en nuestra familia, cada cual según su capacidad y posibilidades. Hacer crecer el encuentro, la reconciliación, el perdón, la paciencia… es una tarea que nunca se acaba y que afecta a todo el mundo. Nos pueden venir bien las palabras de San Pablo en la segunda lectura: sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, ese amor que refleja el amor de Dios a todos nosotros.

 

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Jesús, nace y crece en el seno de la sagrada familia, una familia que quiere seguir la tradición religiosa judía y por eso va a presentar al niño al Templo para consagrarlo al Señor. Simeón, un hombre justo, religioso, bueno, reza con este cántico para cerrar su vida con lo que era su gran esperanza: ver al Mesías, tener en sus brazos al niño que va a ser la luz de las naciones. Esa luz de la que todos somos testigos, la luz que ilumina también nuestra existencia. Del niño hablaba también la vieja Ana y daba gracias a Dios. Volvieron a Nazaret, donde Jesús siguió creciendo, sabiéndose querido por los suyos, los que le enseñaron a vivir, a rezar, a amar.

 

 

En la familia hemos conocido el amor, el perdón, el consuelo… en fin, conocemos la misericordia de Dios. Jesús vivió y creció así, nosotros damos gracias si hemos tenido esa misma experiencia y pedimos hoy por todos los que no han podido vivirla. Que el amor sea el sustento de la vida.

 

 

Nacho Moreno ss.cc.