En este momento estás viendo Evangelio joven: «Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano» (27-feb)

Evangelio joven: «Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano» (27-feb)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

Lc 6, 39-45

El Evangelio de hoy parece un comentario del “No juzguéis y no seréis juzgados” que escuchamos el pasado domingo.

¿Por qué juzgamos tanto? ¿Qué dinámica se mete en nosotros que nos lleva a mirar a los demás como peores que nosotros mismos?¿Por qué ese afán por mostrar la propia valía?¿Por qué incluso llegamos a sonreírnos, cuando no alegrarnos, por la caída del hermano? Sin duda este es uno de los mayores indicadores de lo que la Escritura llama un corazón de piedra, endurecido. Sobre los que son así Jesús tiene una mirada indignada y entristecida. Indignada porque no soporta esa manera de tratar a los demás que no busca salvarlos sino condenarlos… Entristecida porque Jesús, incapaz de tener esa mirada solo de juicio, se apena cuando ve que un corazón capaz de amar se vuelve juez del hermano, descubriendo que son ellos también víctimas de sus duros juicios.

Decimos que no, que ya no creemos tanto en un Dios Juez sino en un Dios Padre Misericordioso, pero ¿por qué nos descubrimos juzgando al otro sin acogerlo incondicionalmente? Si el Dios Padre de Jesús, ese Dios que hace salir el sol sobre justos e injustos y que se alegra más por un solo pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan convertirse, estuviera más arraigado en nuestra mente y en nuestro corazón no nos saldrían tantos juicios hacia los demás.

Jesús parece que tiene especial alergia hacia aquellos que, creyéndose justos, miran a los demás con desprecio. Él no se posicionará del lado de los fariseos sino de los publicanos, del lado de los maestros sino de los lisiados, del lado de los ancianos sino de la adúltera…. ¡No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores! Siendo Dios no se puso del lado de los jueces sino de los ajusticiados, él mismo fue juzgado. ¡Qué pena que la imagen de un Dios juez haya primado sobre la imagen de un Dios ajusticiado!

Mientras sigamos en esa dinámica estaremos en las antípodas de Dios por más cristianos que nos creamos. El progreso en la vida espiritual se mide justo por lo contrario: la mirada que tenemos hacia el hermano. Mientras haya juicio severo y no compasión hacia los pecados del prójimo no estará el alma purificada. Por eso decía Simone Weil que no reconocía a la persona espiritual por cómo hablaba de Dios sino por cómo hablaba de los hombres.

El camino es solamente uno, reconocer el propio pecado, confesar con humildad las faltas, saberse profundamente pecador, más pecador que el resto, incluso incapacitado para no pecar si no es por la ayuda y la gracia de Dios. Reconocer que yo lo que tengo es una viga frente a la mota del hermano: “Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado mucho…”. Solo así entenderé que el camino del Evangelio no es mérito sino gracia regalada, totalmente inmerecida, que me inicia en una dinámica completamente diferente en la que ya no puedo considerarme mejor que los demás y en la que esa mirada que recibo de Dios se me contagia a la hora de mirar a los hermanos. Es el verdadero fruto de la experiencia del hombre que se sabe pecador perdonado, el único que sirve para crear comunidad. 

Poldo Antolín ss.cc.