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Evangelio joven: «Rema mar adentro» (6-feb)

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».

Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Lc 5,1-11

A veces me canso Señor, sí, me canso. Me gustaría poder decirte otra cosa, pero me puede la desesperanza, la impotencia ante la injusticia, la tristeza ante el dolor, la resignación. Te veo, como Pedro, rodeado de una multitud que te sigue para oírte (me pregunto si de verdad te escuchan), mientras yo sigo lavando mis redes, recogiendo mi ordenador y pensando en qué hacer mañana. Y te acercas a decirme que vuelva a la barca. Cierro los ojos palpando mi cansancio, queriendo decir que no, que para qué, que por qué.

Pero no puedo, porque tu Palabra (Dios, tu Palabra…) tiene una fuerza que me lleva, que me arrastra, que me eleva mar adentro. Y sigo sin entender de dónde salen los peces que antes no estaban, cómo aparecen las miradas, los rostros y los gestos que alimentan mi vida recordándome que contigo merece la pena, y siento el vértigo de algo que no controlo y que me recuerda mi pequeñez, pero donde no me hundo, al revés, nada hay más sólido.

Ya amanece. Estoy en tierra, en pie (¡No temas!) Cada vez que voy sin ti no pesco nada, me llevas de tu mano y vuelve el alimento que me hace seguir trabajando por ti, enseñando, escuchando, animando, acompañando. Tú me llamas, yo te sigo.

Marina Utrilla ss.cc.