Evangelio joven: «Padrenuestro» (24-jul)

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
Y les dijo:
«Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Lc 11,1-13

Hace unos días vimos un estampa terrible de la guerra de Ucrania: un hombre rezaba junto al cuerpo de su hijo muerto. La imagen da que pensar: en un época en el que el mundo ha olvidado a Dios, en el escenario más desgraciado para un pueblo que es la guerra, y tras el acontecimiento más terrible que un padre puede sufrir, la muerte de un hijo, este hombre, con la mano del cadáver entre sus dedos, mira al cielo y reza a Dios, a Aquel que puede salvarlo a él y a su hijo. Y es que hay algo más amargo que la muerte biológica: la muerte de un hombre que no se acuerda que Dios le ama con amor infinito.

La parábola que cuenta Jesús en el evangelio de este domingo nos habla de la confianza del creyente en que su oración es escuchada por este Dios. El protagonista de la historia da por hecho, sin ningún tipo de duda, de que su amigo le va a ayudar a cumplir con la hospitalidad que debe a este imprevisto huésped que se ha colado en medio de la noche. Nadie, absolutamente nadie en el antiguo Oriente, puede imaginar que ese amigo no se levantará de la cama para ayudar. Nadie. Y si cupiera algún resquicio de duda de que no le echaría una mano por ser su amigo, al menos podremos suponer que lo haría sólo por evitar la vergüenza de ser diana de desprecios por parte de sus vecinos al día siguiente. 

Y si no tenemos ninguna duda de que este amigo escucharía la petición del que llamaba a su puerta: ¿nos cabrá a nosotros alguna duda de que Dios, que es Padre que nos cuida y ama con amor eterno, no va a procurarnos todo lo que necesitemos para nuestra salvación (Espíritu Santo, dice san Lucas)? Así pues: ora y confía. Dios sabrá.

En Jarkov, un padre llora y reza a Dios junto al cuerpo masacrado de su hijo. La confianza en el Amor Misericordioso sigue iluminando hoy más que todo el mal y la muerte que habitan este mundo. Dios no olvidará nunca esas lágrimas…ni esa oración.  

José Luis Pérez ss.cc.