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Evangelio joven: «Mirar con el corazón» (25-sep)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.

Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.

Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:

“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.

Pero Abrahán le dijo:

«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.

Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.

Él dijo:

“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.

Abrahán le dice:

“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo:

“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.

Abrahán le dijo:

«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”»

Lc 16, 19-31

La parábola que hemos proclamado hoy del Evangelio de San Lucas es la parábola del “Rico y el pobre Lázaro”. Y lo que se dice del rico es que no se daba cuenta de que a su puerta estaba un pobre mendigo, llamado Lázaro, hambriento, lleno de llagas. La clave en la vida del rico estaba en abrir esa puerta, en no cerrar esa puerta al prójimo. Y el rico no la abrió.  Y hay un detalle curioso, el rico no tiene nombre y el pobre sí, se llama “Lázaro”, que significa “Dios ayuda”. El pobre tiene su nombre ya inscrito en el Cielo.

El problema del rico estaba en la mirada. Que es algo así como decir que es un problema de corazón. Con el corazón mundano no se puede comprender la necesidad y lo que les hace falta a los otros. Es como vivir ciego toda la vida, por nunca pararse a mirar más allá; ser incapaz de leer, descubrir qué necesita realmente mi prójimo. El rico no es condenado por sus riquezas, sino porque dedicó toda su vida a satisfacer sus propios gustos sin mirar nunca las necesidades de los otros. Por eso, aquí hay algo más que riqueza como motivo de condena. Se juega fundamentalmente en el corazón.

¿Cuál es la invitación que nos hace hoy el Señor? La de pararnos a mirar;  a mirar en profundidad, a mirar con cariño. Caer en la cuenta de la realidad de los otros. Descubrir a Dios actuando en las personas. Y junto a mirar en profundidad, mirar a la manera del Señor. Mirar a la manera de Dios es una forma de amar, de hacer presente al Señor. Mirar es también una forma de apostar por las personas, de confiar en ellas; de acoger al que se siente desplazado y excluido; de perdonar y de reconciliarse.

Pedimos al Señor que nos enseñe a mirar como Él mira, que es enseñarnos a amar como Él ama. ¡Sembremos, pues, amor y seremos recompensados con la mejor de las cosechas!

Francisco de Paula Piñero y Piñero ss.cc.