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Evangelio joven: «De esquemas y corazones» (2-sep)

  • Categoría de la entrada:Comentarios bíblicos
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Lecturas del domingo

El evangelio de este domingo nos sitúa en una escena que conocemos bien: los fariseos y escribas buscan poner en un aprieto a Jesús porque «comen con manos impuras».

La lógica de la pureza puede parecernos supersticiosa hoy en día. Por eso, es necesario que nos quitamos nuestros prejuicios, para comprender dicha categoría. En el mundo Antiguo, la pureza era un sistema de regulación de las relaciones sociales y religiosas. La limpieza de la que nos habla el evangelio no significa tanto «higiene», como para nosotros, sino sobre todo «adecuación»: lo puro es lo apropiado, lo que está dentro de su orden, lo digno para cierto fin. Y así, la categoría de pureza proporcionaba a las sociedades un mundo ordenado. Como un esquema del mundo en el que todos sabían a qué atenerse, al conocer qué momentos, espacios, objetos y personas eran los adecuados. Es más, la pureza y la impureza ofrecía a nuestros antepasados garantías en su relación con Dios: la situación de pureza aseguraba a la persona que su culto sería agradable a Dios, su petición atendida.

El problema de este esquema es que genera exclusión: los enfermos, los pobres, la gente con flujos de sangre (y, en consecuencia, las mujeres al menos durante los días de la menstruación o tras el parto) quedaban excluidos –por «impureza»– del cuerpo social y de la relación con Dios. Es un esquema que ordena la realidad, sí, pero ¡a qué precio!

¡Cuántos hemos descubierto en Jerez que no somos tan «puros» como creíamos… y que sin embargo Dios nos quiere!

Contra se opone Jesús. No lo hace yendo en contra del Antiguo Testamento –casi la totalidad del Levítico son normas de pureza–, sino ofreciendo una interpretación más profunda y verdadera de aquél. Así, el Señor señala que la adecuada relación con Dios no se da por una pureza exterior, sino que se juega en el terreno del corazón. Y, como sabemos, «corazón» en la Biblia significa no solo las emociones y afectos, sino que significa la persona en su autenticidad, el hondón de su vida, el centro de su ser.

Lo que el Señor nos pide es exigente, casi más que las observancias vacías de los fariseos: que vivamos con un interior justo e íntegro, que construyamos la verdad aunque sea complicado, que generando relaciones sanas y cuidadosas con quienes nos rodean. Esto es, en el fondo, lo que nos dice ese «catálogo de impurezas» que agobia un poco al final de la lectura, y que podríamos traducir en positivo con una bienaventuranzas: «felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

Pero, ¿qué nos dice este evangelio hoy? Podemos preguntarnos si esa actitud legalista, que divide el mundo en puros e impuros, es algo que quedó solo en el pasado. ¿No existen en nuestro mundo personas que, de un modo supuestamente «razonable», están fuera de nuestros esquemas?

Pienso en los delincuentes encarcelados: son verdaderos apestados en nuestro mundo. Y con razón, me diréis, pues han cometido crímenes, a veces horribles. Pero, ¿es eso razón suficiente para dejarlos totalmente fuera de nuestro esquema del mundo, sin posibilidad de reparación? ¿No nos diría hoy el Señor que también nosotros sabemos en nuestro corazón de «delitos» para los que esperamos reconciliación?

Pienso también en los inmigrantes, a quienes impedimos toda posibilidad de relación con nosotros aislándolos tras muros y cuchillas. La lógica nos dice que no es posible dejarlos entrar a todos, sí, pero ¿es eso razón para condenar a la muerte o al vacío a tantas personas? ¿No nos diría hoy el Maestro que también nosotros, en nuestro corazón, estamos llenos de hambre y sed, y que dependemos de otros para sobrevivir?

Mira al mundo, y fíjate en los impuros de hoy. ¿Qué te dice Jesús a ti, cómo te rompe los esquemas?