Evangelio Joven. Con Jesús en brazos

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CON JESÚS EN BRAZOS

 

Este domingo, día 2 de febrero, coincide con la Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo. Según la costumbre judía, a los cuarenta días de nacer el primer niño varón, éste debía ser consagrado al Señor. Igual que se hacía con los primeros frutos de la cosecha, los primeros hijos se ofrecían a Dios, fuente de todas las bendiciones. Consagrar significa “poner aparte”, elegir algo o alguien de entre sus iguales para que se dedique a una misión particular. Por eso este día, en la Iglesia universal, se recuerda a la Vida Consagrada, a los religiosos y religiosas dedicados enteramente al Dios del Reino.

 


Lo más singular del Evangelio de hoy es la aparición en escena de Simeón, “hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel”. Se nos presenta como un judío de pura cepa, un hombre que esperaba en las promesas de Dios. Pero el texto también nos dice otra cosa de él: estaba lleno del Espíritu Santo y se dejaba guiar por Él. Había recibido una prom
esa especial: “que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor”. La iconografía nos ha presentado a Simeón como un anciano sacerdote. Sin embargo, el texto no se opone a otro perfil distinto, por ejemplo, alguien joven y sin relación con la jerarquía del templo. Simeón toma en brazos al niño y bendice a Dios “«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” Esta sencilla oración nos habla de un corazón agradecido, de una vida colmada por el simple hecho de haber conocido a Jesús. Reconoce que Jesús ha venido para todos los hombres (“luz de las naciones”) y que es el orgullo del pueblo elegido (“gloria de tu pueblo, Israel”). Su vida, antes abierta y en tensión hacia el futuro prometido, ahora queda completada y en paz.

 

El Evangelio de hoy nos deja con la alegría de haber conocido a un hombre que ha hecho de Jesús el tesoro de su vida. Ha quedado tan rebosante de Dios con la presencia de Jesús, que ya sólo le queda entregarle su vida, “irse”, emprender un éxodo que le lleve a morir a sí mismo y a vivir para Dios. Simeón es como un anticipo de lo que significa la vida de los religiosos y religiosas: impulsados por el Espíritu, tienen a Jesús en sus brazos, para bendecir a Dios con una vida entregada. Es un buen día para dar gracias a Dios por los religiosos y religiosas y para preguntarte si quiero consagrar mi vida a un Amor más grande, a Dios.

 

José Luís Pérez ss.cc.