Evangelio Joven 2/6/13

  • Categoría de la entrada:Comentarios bíblicos
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¿Quieres vivir de este pan?

 

 

Un paciente me dijo una vez en el hospital que lo que importa no es lo que hacemos sino el cómo lo hacemos y, sobre todo, de cuánto amor ponemos aquello que realizamos. Pues bien, ¿qué nos aparece en las lecturas de este domingo tan especial? Una idea clara: vemos a Jesús ante una multitud de gente hambrienta a la cual da de comer, una muchedumbre que tras escuchar a Jesús siente hambre, y un gentío que encuentra en Él su alimento. Jesús se compadece de la súplica y da de comer, eso sí, con cariño, ternura, paciencia, amor, misericordia, delicadeza…

 

Ahora bien, la pregunta no está en qué hizo, sino en cómo lo hizo. Si nos fijamos en las lecturas se repite varias veces un cuádruple movimiento: tomar, bendecir, partir y repartir. ¿Qué supone para nuestra vida comer de este pan que ha sido tomado, bendecido, partido y entregado? En primer lugar, cuando alguien es tomado y elegido es porque es especial a los ojos de la persona que lo escoge, porque es distinto a los demás, es único e irrepetible. Comer el pan que es tomado por Jesús supone reconocer que somos especiales a los ojos de Dios, somos hijos únicos y un don irrenunciable. Pero, además, reconocer que somos amados de Dios supone algo nuevo y revolucionario: esta elección no excluye a los demás sino que los incluye. ¿Quién no ha sentido que al comulgar se sentía unido al resto de personas que estaban en la Iglesia? Esta es la grandeza de sentirse elegido por Dios: la unión con los hermanos.

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En segundo lugar, Jesús bendijo y dio gracias por ese pan. ¿Cuántas veces al día ponemos en nuestra boca la palabra “gracias”? ¿Y cuántas veces palabras de exigencias? El pan que nos ofrece Cristo, ese pan bendecido, nos recuerda que la acción de gracias ha de ser la brújula que guíe nuestro camino en el día a día. Un corazón agradecido nunca faltará a la llamada de quien le ha dado tantísimo de modo gratuito.

 

En tercer lugar, comer el pan que nos ofrece Cristo supone aceptar nuestra condición de seres rotos. No olvidemos nunca que seguimos a un “fracasado”, a alguien que murió en la cruz. Eso no nos puede llevar a esperar más gloria que cruz, o más alegría que tristeza. Un hermano en mi comunidad ha leído esta noche esta frase de L. Bloy que refleja esto bastante bien: “¡Oh Jesús, que perdonas a los que te crucifican, y que crucificas a los que te aman!”. Sin duda alguna es dura esta frase pero nos recuerda que el seguimiento de Cristo nos lleva a encontrar el mayor Amor en la experiencia de alguien crucificado.

 

Y en cuarto lugar, un pan que es repartido y que envía al mundo a quienes toman de él. Precisamente porque este pan ha sido previamente roto nos permite ser capaces de llevar alegría al mundo entero, contagiando de esperanza cualquier rincón de la tierra, incluso el más oscuro. La vida del que se siente amado por Dios siempre lleva frutos abundantes allá donde vaya.

 

Este es el pan que nos ofrece Cristo. Maravilloso, ¿verdad? Está claro que se puede sobrevivir sin Él, y el mundo ya lo ha puesto de manifiesto. Pero la pregunta no es esa, la pregunta es otra. Después de conocerlo y de haberlo probado, ¿qué quieres hacer? ¿quieres vivir sin él? Yo lo tengo claro: quiero vivir de este Pan dando gracias todos los días por el regalo que supone para mi vida.

                                                          

 

Comed lo que sois, el cuerpo de Cristo;

sed lo que coméis, un cuerpo de Cristo

 

(San Agustín)

 

Fernando Bueno ss.cc.

 

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