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Convivencia Anunciar (El Escorial)

  • Categoría de la entrada:Convivencias
  • Tiempo de lectura:7 minutos de lectura

La verdad es que es muy difícil explicar brevemente la experiencia de “Anunciar” la convivencia que se ha llevado a cabo este fin de semana en la residencia de la congregación en El Escorial, Madrid.

¿Qué ha sido Anunciar? Bien, Anunciar ha sido la última de un ciclo de tres convivencias que se han hecho para nosotros, los catecúmenos, para que Contempláramos, Viviéramos y Anunciáramos a Dios. Como su nombre indica, esta última tenía como función principal que como buenos cristianos transmitiéramos a Dios y su mensaje.

Todo empezó la tarde de un viernes, cuando cada uno de nosotros, viniendo de localidades distintas (Torrelavega, Barcelona, Miranda, Madrid) y después de los respectivos viajes en tren, llegamos al Escorial, localidad que algunos, ya podíamos llamar hogar.  Recuerdo esa tarde básicamente por la repetida sensación de alivio y falta de aire en el pecho al abrazar a esos grandes amigos a los que tanto echaba de menos, y la grata sensación presentarse a nuevas personas que no conocíamos, esas puertas entreabiertas que guardaban detrás secretos por descubrir y que en pocas horas nos podrían sorprender muy gratamente. Después de una compartida y rica cena hubo una pequeña oración y luego, llegaron las famosas y divertidas dinámicas de integración: juegos simples pero desternillantes que nos sirvieron para conocernos mejor los unos a los otros y ver que nos quedaba un gran fin de semana por delante.

El día siguiente empezó muy bien gracias al ambiente que había entre todos: de buena mañana ya se nos iluminaba la cara sólo en dedicarnos tan sinceramente un simple “buenos días” acompañado de una sonrisa. Tras un buen desayuno dedicamos un rato a la oración, al acabar, se nos planteó una actividad personal de reflexión en la que solos, teníamos que pensar sobre Dios y su mensaje, plantearnos nuestras aptitudes cristianas y cómo podíamos transmitir y anunciar estas. La verdad es que este momento funcionó bastante bien y al ponerlo en común con todos fue conmovedor. Más tarde tuvimos una charla donde unos testimonios ejemplares de vida cristiana (un cura, un matrimonio y una religiosa) nos hablaron de su experiencia con el Señor y cómo vivían y transmitían a la gente su mensaje. Sinceramente creo que nos sirvió mucho a modo de referente y modelo a seguir, ya que nos contaron cosas muy interesantes y al final, todos acabamos aprendiendo un poco de ellos.

Comimos y tuvimos tiempo libre para conocernos: hablar, reír, cantar, etc. Tiempo que nos servía para acercarnos y aprender de los demás, esa gente que, sin saber porque, eran distintos a cualquiera, todos tenían algo en común: la fe y una inmensa bondad interior. Luego nos pusieron una película (Disparando a perros) de la cual teníamos que extraer enseñanzas, una película que muchos consideramos dura, aun así, fue necesaria para comprender el mensaje de Dios y como anunciar y actuar ante ciertas situaciones poco favorables. La reflexión de dicha película, en pequeño comité, junto a los catequistas sirvió para profundizar más y obtener conclusiones y respuestas acerca de ella.

Tras una rica cena, tocó un rato de adoración, momento para entregarse a Dios y adorarlo un tiempo de plegarias tiernas y de reflexión junto a Jesús, amigo nuestro. Al acabar tocó una de las actividades nocturnas que muchos esperábamos: el mítico furor, una competición entre sexos dominada por risas y carcajadas que ensordecían a todo el que hubiera en la sala; una actividad que nos unió a todos un más de lo que ya estábamos y que nos entretuvo hasta la hora de ir a la cama. Era muy sorprendente a la vez que placentero que, todas aquellas buenas personas que eran ya grandes amigos, te daban, como nadie antes, un afable y cariñoso buenas noches que permitiría recordarlos justo antes de cerrar los ojos y echarse a dormir.

La mañana del domingo se despertó con un aire un poco nostálgico ya que todos éramos, sin quererlo, conscientes de que el fin de semana estaba cesando. Aun así, eran reiteradas las sonrisas durante el desayuno que ayudaban un poco a subir la moral. Sin haber oración, pues a eso estaba dedicada la actividad de la mañana, nos propusieron el conocido “desierto” un tiempo de reflexión personal para pensar en el amor como forma de anunciar, a quien amábamos y cómo, y de qué manera podíamos esparcir dicho amor por el mundo. Este desierto fue seguido de una reflexión profunda en parejas que nos ayudó a todos a conocer más a nuestro compañero/a que nos desvelaba secretos y verdades de las cuales se podía aprender un montón; junto a esa pareja había que desarrollar un símbolo que sería ofrecido en la misa. De la eucaristía destaco básicamente la originalidad y profundidad de los símbolos que hicimos todos los catecúmenos, cada uno de ellos tenía un trasfondo que te llegaba y suponía una pequeña reflexión para pensar en él.

Fuimos a comer al acabar la misa, y a partir de allí, mientras comíamos nos dimos cuenta que empezaba algo que nadie quería pero que todos sabíamos que iba a pasar: se acercaba la dichosa despedida. Tenéis que entender que esta era la última de muchas convivencias que han marcado mucho en nuestras vidas, que han supuesto un cambio importante en nosotros y que están llenas de vivencias que de seguro, nunca vamos a olvidar, por lo tanto nos fue muy difícil asimilar que esto se acababa (algunos aun no nos lo creemos). A medida que se acercaba la hora de partida, el pulso se nos aceleraba, nos costaba respirar y las emociones se acercaban. Siempre recordaré ese momento: instantes borrosos por culpa de las lágrimas, que hacían que, al ver las caras de tus amigos, te acordases en un segundo de todo lo que habíais vivido juntos y que no querías abandonarlos. Los besos y abrazos se nos pasaron desgraciadamente demasiado rápido y eso hizo que nos dominara la sensación de impotencia al ir alejándonos, esas ganas de querer volver atrás a abrazar más fuerte y más tiempo a esas enormes y queridas personas. El viaje de vuelta se nos hizo largo, dominado primordialmente por nuestras miradas perdidas en el paisaje que se esfumaba al paso del tren, recordando ese amargo adiós de dulce sabor a hasta pronto.

Albert Mitjavila, Barcelona.