Con sabor a Dios. Canguro

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CAMPO DE TRABAJO DE CANGURO

 

 

«Dejad que los niños e acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios» (Mt. 19,14)

30 de junio de 2014, estación de autobuses de Plaza de Armas. A punto de salir hacia Salamanca, nervioso e inquieto por la aventura que íbamos a afrontar, con la ilusión de un niño cuyos ojos expresan su enorme felicidad, así estaba yo. Hoy echo la vista atrás en el tiempo, a principios de  este verano pasado para recordar y mirar con ojos renovados una de las experiencias más importantes de mi vida, que me ha cambiado por completo. Para mí es el llamado momento fundante, uno de muchos quizás pero el más emotivo hasta ahora, una experiencia que significa un punto de inflexión en mi vida.

 

Mi campo de trabajo comenzó tiempo antes, desde que escuché hablar de canguro, una experiencia sin igual para todo aquel que lo hacía. A pesar de todo, hasta el último día antes de partir mantenía intacta la en la ilusión de ir porque no había plaza segura. Pero Dios quiso que estuviera allí al servicio de sus más queridos, los niños necesitados, y así fue: una llamada al lugar y en el momento adecuado. En la casa de Salamanca se respira Dios por los cuatro costados, en cada rincón y en cada esquina, y más aún cuando se llena de personas voluntarias tan buenas como las que conocí allí que me ayudaron a dar pequeños pasos para volver al camino correcto. Esta casa se ha convertido para mí en un punto de partida desde el cual he vuelto andar de la mano de la fe en Jesús tras un tiempo considerable en el que andaba perdido y desilusionado. Mi Testimonio con sabor a Dios durante estos días se dio gracias a todas las vivencias que tuve la oportunidad de experimentar allí en diferentes aspectos y ámbitos del propio campo de trabajo. El punto de partida para mí en esta experiencia fue el campamento urbano del que fuimos partícipes los voluntarios. Gran cantidad de niños, pequeños y mayores, cada uno con sus problemas y sus cosas se juntaron en un amplio grupo para pasar 15 días de alegría, diversión y unidad, en cierta forma un modo de evasión de sus realidades del día a día. Para mí los «peques» significaron un ejemplo en todo lo que hacían y como lo vivían: desde unos simples «¡Buenos días, Canguro!» recién entrados hasta un simple juego o algunos momentos de más tranquilidad y paciencia. Así intentaba llover tanto mi vida como mi campo de trabajo y mi fe. Y ahora que escribo estas líneas me doy cuenta de todo lo aprendido, porque como aquellos niños de familias humildes y sencillas, tenía que mirar a mi alrededor de las demás personas con alegría ilusión, sinceridad y mucha confianza… Fácil: con los ojos de un niño. Porque como expresa Jesús en esta cita, «Dejad que se acerquen a mí porque de lo que son como ellos es el de nadie.»

 

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En la tibia mirada de cada uno de los chicos con lo que me encontré durante aquellos ya algo lejanos 15 días, descubrí un poquito más a Dios. Todos los gestos de cariño y aprecio que yo entregaba, todos los esfuerzos me eran devueltos por mil gracias a ellos porque se sentían queridos, pero más querido aun me sentía yo por Dios y por todos ellos. Este inicio de lo que sería el campo de trabajo se reflejó en una pequeña anécdota que me determinó muchísimo. El segundo día de campamento tuvimos una pequeña toma de contacto con los niños del mismo. Durante la mañana, en un rato de tiempo libre, vislumbré al pequeño más travieso, movido y nervioso de todos los niños, y cómo no el más desobediente. Me tocó hacer de «poli» malo y pasar un mal trago porque tuve que castigarle y se enfadó mucho conmigo. Pero cómo son las cosas, que aquello tocó su corazoncito y antes de salir y que le recogieran hablé con él. «Mario, mírame. Sabes por qué hice eso, ¿verdad? Sé que eres bueno, y que no lo harás más. Demuéstrame que no estoy equivocado, ¿vale? ¿Te vas a portar bien?» Y él, con los ojos un poco emocionados me respondió asintiendo. Al día siguiente, nada más entrar por la puerta, el pequeño Mario vino hacia mí corriendo y me dio un sentido abrazo. Hacía muchísimo que no sentía un abrazo de verdad y ese sencillo gesto de perdón me emocionó y marcó mi experiencia porque Mario muy a mi pesar, no pasó más por el campamento y no tuve noticias de él. No volví a verle en el resto de mis días por Salamanca.

 

Por otro lado, puedo decir que mi campo de trabajo se formó también gracias a todas las reflexiones que llevamos a cabo y mis pequeñas charlas nocturnas con algunas personas que hicieron todo aún más especial si cabe. Personalmente, pude llenar mi «cajón del aprendiz» con muchas cosas nuevas que aprendí y las lecciones que me fueron demostrando: hay que saber confiar, dejarte guiar por aquel que te tiende firmemente la mano y de verdad, por el Señor y las personas que te encuentras en tu camino. Que uno debe pararse de vez en cuando delante del espejo y mirarse fijamente a sí mismo, desde lo profundo de su ser; que tus palabras aunque creas que no tienen sentido y que son simples palabras vacías pueden llenar corazones desamparados y enseñar a mirar las cosas de otra manera, desde el corazón; que también además de escuchar, necesitas ser escuchado. Y a pesar de todo, la enseñanza más importante en Antequera persona a que le debo mucho este campo de trabajo, a ti hermana. Porque el día que te vi me asuste pero me diste una gran lección: no hables en plural, no hables de un «tú» ni de un «nosotros podemos hacer». Explórate a ti mismo, mira a tu alrededor y di: yo puedo hacer por los demás. YO. Porque la importancia está no en ayudar mucho, sino en lo poquito que hagas y puedas realizar hazlo con lo mejor de ti mismo, con todo tu ser y disfrutando de tu labor.

 

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Sí, hermana, por no llamarte incluso madre por todas tus enseñanzas, como el día de la celebración de la virgen de la Paz a la que conocí y la cual me conoció. Ella tarde me susurraste al oído un «Ella te quiere». Y mi cabeza se quedó completamente desconcertada. Cualquier cosa, me esperaba cualquier cosa de la virgen… Menos esa, porque era la única seguridad que yo tenía: que ella me quería. Pero una vez más, tocada por la Señora de la paz y por el Padre viniste a mí y me consolaste. Dichoso el que necesita ser consolado, ¿verdad? Así me sentía yo después de aquellos días, muy dichoso por tener tanta suerte. Como una última reflexión final, de gracias al Señor por acercarse a aquella oración del último día que tuve la suerte de preparar. Allí nos reunimos todos juntos por última vez en grupo con una oración despedida y con un fuerte cansancio encima. Pero ahí estabas tú entre nosotros y por eso fue tan especial. La fotografía que acompaña esta reflexión es de aquella noche, es un símbolo que resume mi vivencia durante esos días por tierras salmantinas. Las tres velas centrales representan todo el campo de trabajo: la casa, el campamento y la residencia Padre Damián, lugares que nos acompañaron a todos muy profundamente. En el centro encontramos todas las experiencias vividas y símbolos que tanto significado poseen para todos, junto al dado de los pequeños de Canguro y todo rodeado por nuestras manos unidas. Por todo ello, te doy gracias, como rezaba el lema final porque llenaste de luz todos mis días y me rodeaste de fantásticas personas que siempre guardaré dentro de mí. «Las cosas más importantes de la vida no se ven con los ojos sino con el corazón». Nunca lo olviden, el corazón jamás defrauda.

 

 

Borja Fal-Conde (Sevilla)